Lejos ya de las cámaras y de la atención de Occidente, Libia continúa caminando hacia un futuro incierto. Mientras las secciones de internacional de los diferentes periódicos se ven copadas por la revuelta siria, más de tres meses después de la caída de Muamar el Gadafi aún se desconoce qué puede ocurrir con el único país en el que existió de facto intervención militar extranjera.
Con el asesinato de Gadafi y el reconocimiento del Consejo Nacional de Transición, parecía todo hecho. Pero nada más lejos. Libia asiste estos meses a una situación de casi total anarquía, en el que se suceden enfrentamientos armados con frecuencia. Luchas de tribus y milicias han sumido al país árabe en otra nueva escalada de violencia. Después de un conflicto de nueve meses y 30.000 muertos, en Libia reinan las milicias. Entre 100 y 300, según las fuentes. Más de 125.000 hombres armados. El CNT, mientras, trata de lidiar con una situación que le desborda.
A los enfrentamientos se les suma la creciente llegada de rumores sobre torturas en centros de detención de las milicias, que ya han sido denunciados por asociaciones pro-derechos humanos como Amnistía Internacional.
A la luz de los hechos, se pone en tela de juicio la conveniencia de la revolución Libia. La ONU ya ha mostradosu preocupación por la inestabilidad del país; sin embargo, la OTAN ha confirmado que no volverá a intervenir en este país debido a la más que segura negativa de Rusia, como ocurre en Siria.
Muchos se preguntan ahora qué puede ocurrir en Libia, y si realmente ha merecido la pena. La sombra de una difícil transición tras una intervención militar extranjera tiene en Iraq un ejemplo poco halagüeño.
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